domingo, 7 de julio de 2019

LA DEMOCRACIA COMO RELIGIÓN

La frontera del mal

Por Rafael Gambra



Fue Aldous Huxley, en su fábula futurista “Un mundo feliz”, quien sugirió que lo que llamamos un axioma —es decir, una proposición que nos parece evidente por sí misma y que por tal la aceptamos— se puede crear para un individuo y para un ambiente determinados mediante la repetición, millones de veces, de una misma afirmación. Para este efecto —la génesis artificial de axiomas y de dogmas— proponía la utilización, durante el sueño, de un mecanismo repetitivo que hablase sin interrupción a nuestro subconsciente, capaz, durante horas, de recibir y asimilar cualquier mensaje.

Este designio está, hoy, al cabo de medio siglo, muy cerca de la realidad, aunque sea a través de técnicas no exactamente iguales, como lo ha subrayado el propio Huxley en su “Retorno al mundo feliz”.

La realización más importante en este sentido a través de métodos de saturación mental por los mass-media ha sido, en nuestra época, el establecimiento a escala universal del dogma-axioma de la democracia. De esta noción —en su sentido individualista y mayoritario— se ha logrado hacer la piedra angular de la mentalidad contemporánea. Es decir, de lo que Kendall y Wilhelsenn han llamado la «ortodoxia pública» de nuestro tiempo. Esta expresión significaba para estos autores, el conjunto de bases conceptuales o de fe en que se asienta toda sociedad histórica, elementos que son, a la vez, ideas-fuerza para sus miembros y puntos de referencia para entenderse en un mismo lenguaje y convenir, en último extremo, en unos cuantos axiomas y dogmas que sólo los marginados o extravagantes exigirían fundamentar.

La consolidación del dogma de la democracia y de su axiomática ha sido, por supuesto, obra de muchos años, pero es ahora cuando conoce su vigencia universal. Ya, a fines de los años veinte, se daba por supuesto, en el lenguaje político español, que, a través de la dictadura del General Primo de Rivera, era obligado «volver a la normalidad constitucional (o democrática»). Hoy se supone para el mundo todo, desde la Europa más culta hasta la selva africana, que sólo unas elecciones «libres» (de sufragio universal) pueden justificar un gobierno ortodoxo. Cualquier otro gobierno recibirá el calificativo de «dictadura» y se llamará a cruzadas contra él, previa su denuncia universal, como violador de los «derechos humanos», que constituyen la apelación última que en otro tiempo se situaba en el juicio de Dios Uno y Trino. (Existen, por supuesto, determinadas tolerancias o concesiones en gracia a la perfección universal del cuadro: el mundo soviético o sovietizado y múltiples sultanatos árabes prescinden de toda consulta a la «opinión pública» y les basta con auto-titularse «populares» o «democráticos» para gozar de una suficiente inmunidad.)

No es preciso recordar que la constelación de principios que forman la ortodoxia democrática está muy lejos de la evidencia de los axiomas. Más aún, pienso que llegará un tiempo en el que los hombres se asombrarán de que la gobernación de los pueblos —y la educación en su seno de los hombres— haya estado confiada al sistema de opinión y mayoría. Algunos de estos principios son del calibre epistemológico que puede verse en las siguientes enunciaciones:



  El poder nace de la Voluntad General y no reconoce otro origen o título.

  La Voluntad General se identifica con la opinión pública en un momento dado.

  El voto de todos los ciudadanos tiene el mismo valor.

  El contenido de esa opinión se expresa en los nombres de los candidatos y de los partidos y en los slogans electorales.

  Los partidos y sus mass-media son los artífices de esa opinión.



De donde, como corolario obligado: las técnicas de publicidad y de influencia subliminal (el condicionamiento de reflejos, en suma) será lo que gobierne a los pueblos.

Sin embargo, esta serie de enormidades que constituyen la «ortodoxia pública» de la democracia ha sido admitida incluso por la Iglesia oficial de nuestros días. Así, cuando en España —o en cualquier otra democracia— sucede que troupes teatrales representan espectáculos sacrílegos o blasfematorios con subvención oficial, los prelados, en su mayoría, nada dicen, porque su intervención podría interpretarse «como una coacción a la libertad de expresión ciudadana». Y los que protestan no lo hacen en el nombre y por el honor de Dios, sino porque «tales espectáculos ofenden a una mayoría católica del pueblo español».  Es decir, en nombre de la Democracia y para su defensa.

Así, también, cuando las organizaciones tituladas católicas protestan contra la laicización de la enseñanza oficial y contra las leyes confiscatorias (o disuasorias) de la enseñanza privada religiosa, no lo hacen ya en razón de que la educación en país católico debe ser católica para todos (con las excepciones debidas a los declaradamente arreligiosos o de otras religiones). Se limitan a defender unos escaños confesionales dentro de la gran democracia que formamos («nuestra democracia» les oímos decir); esto es, defender el derecho de los grupos católicos que lo deseen a poseer escuelas confesionales.

Hasta tal punto ha penetrado el espíritu de la democracia liberal en la mentalidad de hoy y en su «ortodoxia pública» que el declararse no-demócrata o contrario a la democracia resuena en los oídos como en otro tiempo la apostasía expresa o la blasfemia. Muchos católicos que rehusarían el calificativo de socialista, o de divorcista, o de abortista —que, incluso, luchan contra estas ideas— no ven inconveniente alguno en declararse demócratas o liberales, y militar en partidos bajo estas denominaciones.

Sin embargo, una vez admitida la Voluntad General como fuente única de la ley y del poder —y negada toda otra instancia inmutable de religión con el más allá—, ¿qué lógica podrá oponerse a la socialización de los bienes o de la enseñanza, a la ruptura del vínculo matrimonial, a las prácticas abortistas o la eutanasia, si tales designios o supuestos derechos figuran en el programa del partido mayoritario? La democracia moderna, con su aspecto equívoco y aceptable es, en realidad, la llave y la puerta para todas esas aberraciones y las que les seguirán.

Y es que, en el campo de los males, como en el de los bienes o valores, existe una jerarquización que podemos establecer sin más que recurrir, por vía de negación, a las Tablas de la Ley. Así, podemos ver que la socialización de los bienes o de la enseñanza se opone al séptimo mandamiento (no hurtar) y ataca directamente a la familia, institución de origen divino; el divorcio se opone a esa misma institución y, generalmente, al noveno mandamiento (no desear la mujer del prójimo); el aborto y la eutanasia atentan contra el quinto mandamiento (no matar)...

Pero la raíz misma de la democracia moderna se opone al primero y principal de esos mandamientos, aquel al que se reducen los demás: «amarás al Señor, tu Dios, por encima de todas las cosas». Propugnar la laicización de la sociedad (negarle un fundamento religioso) y derivar la ley de la sola convención humana equivale a cortar los lazos de la convivencia humana respecto de Dios, a negar la religión (o re­ligación del hombre con su Creador). Las transgresiones de aquellos otros mandamientos pueden, en casos, ser pecados de debilidad: sólo la trasgresión de éste es pecado de apostasía.

De aquí el martirio aceptado sin vacilación por los primeros cristianos en la Roma imperial. Ellos disfrutaban en su tiempo de una situación de «libertad religiosa»; es decir, no eran condenados por practicar su culto. Un status parecido al que otorga la democracia moderna a las confesiones religiosas, aunque con distinto fundamento. Los romanos admitían en su politeísmo a todos los cultos y divinidades. No hubieran tenido inconveniente en admitir al Dios cristiano entre las divinidades del Capitolio y autorizar libremente el culto cristiano. Pero con la condición para los cristianos de reconocer, al menos tácitamente, el politeísmo y de adorar al Emperador como símbolo y garante de la religiosidad oficial. Y aquellos cristianos que se mostraban en lo demás como buenos ciudadanos, preferían el suplicio y las fieras del circo antes de renegar de la unicidad topoderosa del verdadero Dios.

Situación semejante es la de los católicos dentro de un país de Cristiandad ante la aceptación voluntaria de la democracia moderna. Con el agravante de que aquí el status de libertad no se apoya en una distinta concepción de la religión, sino en una negación de ésta, de toda religión, que pasa a considerarse como asunto privado u opinión. No es ya una religión falsa, sino un antropocentrismo o culto al Hombre. Hoy no hay que reconocer como dios al emperador sino a la Constitución. Ciertamente que en la democracia no se exige de modo tan rotundo ese reconocimiento bajo forma de adoración, y el caso se presta a interpretaciones o «arreglos de conciencia». Pero para quien esa aceptación no sea obligada ni formularia, sino acto voluntario a través de la adhesión al sistema o a un partido, el caso es objetivamente más grave que para los cristianos de Roma.

Tales reconocimientos se oponen también a las dos primeras peticiones que formulamos en el Padrenuestro, la oración que el propio Cristo nos enseñó: «santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu Reino». El demócrata liberal las sustituye implícita (o explícitamente) por «eliminado sea tu Nombre; venga a nosotros la secularización, el reino del Hombre». Y se oponen, en fin, a las dos últimas enseñanzas que Jesucristo Nuestro Señor nos dejó en su vida mortal antes de ser conducido al suplicio: cuando ante la autoridad civil (Pilato) y ante la religiosa (Caifás) afirma la Verdad y la autoridad de origen divino.

La democracia liberal se presenta así, bajo su verdadera luz, como la frontera del mal; aquella línea de demarcación que, traspasada, nos sitúa fuera de «los que pertenecen a la Verdad»; es decir, en el reino de los que, por aclamación popular, obtuvieron la muerte de Cristo. El reino en que no se habla ya de verdad ni de autoridad, sino de opinión y de pueblo. En el que los creyentes en El sólo pedirán unos escaños en el seno del pluralismo laicista para vivir tranquilamente su fe sobre una apostasía inmanente.

Pero acontece que la negación de Dios acarrea como corolario inevitable la negación del hombre: ¿Qué podrá construirse en la ciudad humana sobre la arena movediza de la opinión y del sufragio? ¿Qué dejará tras de sí la sociedad democrática en la que el hombre sólo se sirve a sí mismo? Eliminado de raíz el Fin Supremo y la re-ligación con Él, ¿Cuánto durarán los fines subordinados y una vida que no conduzca al marasmo del hastío y de los vicios acumulados? Es ya la sociedad que tenemos ante nosotros, eminentemente en los países más desarrollados económicamente: la sociedad en la que sobran los medios de vida, pero falta una razón para vivir.

«Los pueblos, las civilizaciones —se ha dicho—- son como unos extraños navíos que hunden sus anclas en el Cielo, en la Eternidad». La democracia liberal está consumando la ruina de nuestra civilización y, por contagio, de toda otra civilización. Porque la civilización cristiana (o clásico-cristiana) no ha sido sustituida por otra, sino por una anti­civilización o una disociación que, si pervive, es a costa de los restos difusos de aquella cultura originaria, de aquel —hoy combatidísimo— orden de las almas.

Se evidencia así que ninguna concepción del orden político puede resultar más letal o aniquiladora para la comunidad humana que la democracia moderna o «sociedad abierta» (open society). Postular una sociedad sin fe y sin principios, sin normas estables, neutra, carente de puntos de referencia, dependiente sólo de la opinión pública y de la utilidad del mayor número, es como abrogar la disciplina de un navío, olvidar su nimbo y el orden de las estrellas, abandonarla a la deriva. ¿A dónde se dirigirá tal navío? ¿En qué lenguaje se entenderá su tripulación? ¿Cómo capeará las tempestades? ¿Qué justificará su misma unidad y su existencia?

Cuando, por ejemplo, el Presidente de la República francesa —o de cualquier otra democracia moderna— apela al heroísmo de la Legión para resolver un conflicto armado grave, ¿en nombre de qué lo hace? ¿Con qué derecho? Si nada existe fuera del interés de los ciudadanos y de la opinión mayoritaria, ¿cómo exigir a hombres jóvenes que entreguen todo lo que poseen, su vida? Sólo por un recurso inmoral a normas, creencias y valores permanente, que la propia democracia niega, podrá recurrir a tales medios de coerción y de supervivencia.

Cabría una objeción en nombre de la universalidad de la razón. Si toda sociedad histórica, para su simple existencia y perduración, precisa tener su asiento en una fe y en un fervor colectivos, en unas nociones de lo que es sagrado y es recto, de lo que es el deber y el sentido del sacrificio, ¿supondrá esto que cada civilización es impenetrable intelectual y emocionalmente para quienes no forman parte de su tradición o de su herencia? ¿Habrá de asentirse al dictado de Spengler, de Toynbee y de determinados estructuralistas para quienes las culturas son sistemas cerrados, cuyo sentido es inmanente a un sistema intransferible de puntos de referencia?

Nada autoriza tal conclusión. La razón es una instancia capaz de penetrar todo lo que es puramente humano e, incluso, dentro de ciertos límites, el orden mismo del ser. La civilización occidental de origen cristiano —nuestra civilización histórica— ha sido la encargada de demostrar en la práctica esta capacidad de la razón. Su fe —nuestra fe— se ha predicado ya en todos los ámbitos de la tierra y ha arraigado, en mayor o menor grado, en las civilizaciones más dispares. Su ciencia, su técnica, sus categorías mentales y sus imágenes de comportamiento —básicamente racionales, antimíticas— se han extendido a todo el mundo, penetrándolo en buena parte. Sea como cultura superpuesta, sea como injerto cultural, puede hoy decirse que una sola cultura —la occidental— es la cultura común del planeta.

Sin embargo, y paradójicamente, esta planetarización de una cultura racional sólo pudo realizarse a través de una civilización determinada —la occidental—, civilización que, como todas, nació de una fe —de un anclaje en la eternidad—, y se edificó sobre unas normas y unos valores morales. Y ello porque, en sentencia filosófica, operari sequitur esse, el obrar sigue al ser: no se expande una civilización sin antes ser, existir. Y si sólo en este caso ha sido posible el efecto de una difusión en cierto modo universal fue, precisamente, porque tal civilización se apoyó, originariamente en la Religión Verdadera.

En la renuncia a esos orígenes se encuentra la raíz última de la crisis en que se debate la sociedad occidental. Crisis no circunstancial sino degenerativa, extendida en forma de rebelión generalizada, y, por vía de contagio, a otras civilizaciones, incluso a la propia naturaleza invadida y contaminada. La expresión de esa renuncia a todo anclaje sobrenatural es la democracia liberal; más aún, que renuncia, negación de toda trascendencia, erección de la sociedad del Hombre y para el Hombre.

Porque esa llamada «sociedad abierta» —la de los “Derechos humanos”— ignora el primero y principal de los derechos del hombre, que es el de buscar la verdad y servirla, el de fundamentar en ella su vida y el perdurable rumbo de su periplo terrenal.



Rafael Gambra, Revista Roma Nº 89, Agosto 1985

lunes, 17 de junio de 2019

EL PADRE CASTELLANI SOBRE CAPITALISMO, COMUNISMO Y LA SOLUCIÓN CRISTIANA


COMENTARIO A LA ENCICLICA CARITAS IN VERITATE



Hemos llegado a este estado absurdo: escasez en medio de la abundancia; pobreza en medio de las riquezas; hambre en medio de la superproducción de alimentos. Escasez artificial… y criminal… La famosa cuestión social.
El problema político y social más importante de nuestros tiempos es la existencia de un proletariado.
Proletario, es el hombre que depende para vivir de un salario ajustado, el cual además le puede faltar en cualquier momento.
Es degradante para el alma humana tener atados sus pensamientos, que le son necesarios para ir más arriba, por la molienda del sustento cotidiano y el temor del porvenir, la vejez, los eventos desdichados y la miseria.
Lo que perturba al proletario actual es, tal vez, más la inseguridad que la falta de dinero en sí misma. La pobreza es una bendición, porque es un Purgatorio; pero la miseria es un Infierno.
Este estado de millones de hombres depende de una situación de la economía que fomenta la reunión de los medios de producción en pocas manos, lo cual se llama Capitalismo.
Tan importante es este problema que la guerra más grande que han visto los siglos ha girado en torno de él… y seguirá girando…
El Capitalismo era un orden inestable que debía desaparecer necesariamente, porque es imposible que el hombre viva en esas terribles condiciones, entre guerras mundiales, guerras civiles, luchas de clases y ensayos de solución como el Fascismo y el Comunismo.
Las ilusorias "libertades" del Liberalismo han sido barridas por la "economía".
En el corazón del Capitalismo está la usura, dijo León XIII; y en el corazón del Comunismo está la venganza y el resentimiento.
Y el universo está hoy amenazado por una guerra inmensa entre los malos ricos y los malos pobres; o sea, los que en su corazón, tanto unos como otros, "sirven a las riquezas", como dijo Jesucristo.
La avaricia y la codicia tienen la culpa de los que hoy mueren de hambre. La codicia y la avaricia se han organizado férreamente en un sistema económico y político en Occidente; y ha sido sustituido por otro sistema peor en Oriente.
Los malos efectos del Capitalismo los conocemos todos, puesto que los sufrimos: desde la ineficacia de los Gobiernos, encadenados por el poder del dinero, hasta las grandes guerras modernas.
Pero las causas de esos males, no todos las ven ni son fáciles de ver. Están estudiadas en las Encíclicas Sociales de los Sumos Pontífices, de las cuales la primera, "Rerum Novarum" de León XIII, sigue siendo la mejor, la más breve y elegante. En un solo párrafo enumera los males del Capitalismo, sin usar esta palabra que usó más tarde Pío XI, pero ahí está todo:
- lo que trajo el Capitalismo, a saber la destrucción de los antiguos Gremios, la laicización de los Estados, el amontonamiento de riquezas en manos de pocos, la ruina de las pequeñas industrias y del comercio para dar paso a los monopolios;
- y después señala el fondo de toda esta férrea organización, que es la usura; no ya la usura superficial de los que llamamos con desprecio usureros; sino la usura de fondo de los que llamamos con respeto "financistas"…
Esta usura de fondo podemos resumirla en tres operaciones principales:
Primero, hacer pasar al Dinero como productor, siendo así que sólo es instrumento del Trabajo.
En efecto, el Dinero es un instrumento, por el que se compran máquinas y materia prima; pero sin el Trabajo no puede producir nada.
Un peral produce peras y una vaca produce terneros; pero la moneda no pare monedas: el trabajo es quien produce.
El Capitalismo invirtió esta relación, hizo al trabajador un instrumento y al Capital el productor, atribuyéndole toda la ganancia, y dándole al obrero solamente lo necesario para que viva; y hoy día, que los obreros se han organizado, lo necesario para que se queden quietos; pero ya no se quedan nunca quietos, porque muchos de ellos son malos pobres…
Segundo, convertir al Trabajo y al Dinero en mercancía, y comerciar, no solamente con el Dinero, sino con el Crédito, que es la sombra del Dinero.
Este proceso tiene una larga historia, mucho más compleja de lo que digo, pero esto es el fondo.
Después que consiguió comprar Trabajo, el Capitalismo empezó a vender Dinero, porque ya el dinero es una cosa viva que engendra dinero. Y, lo que es peor aún, a vender la sombra del dinero, el Crédito: a vender dinero que de hecho no existe.
Aparecieron todas esas engañifas y estafas, que nosotros ni entendemos: estrangulación del mercado, alocamiento del mercado, maniobras con los valores, especulación, etc., a cargo de las Bolsas, los Bancos y los Grandes Prestamistas y Empresarios; acompañadas por los crímenes políticos que se condensan en una sola palabra: Soborno.
Uno se queda abismado por la cantidad de crímenes ocultos que cubre ese brillante telón llamado "los Grandes Negocios".
Tercero, apoderarse, solapadamente o no, de los resortes del poder público a fin de mantener en pie la férrea armadura.
Y así viene necesariamente la guerra: la lucha de clases entre patronos y obreros; la lucha entre sí de los patronos, la competencia entre los grandes monopolios y las grandes Bancas; y después la guerra entre Naciones, o mejor dicho entre Continentes enteros, que ya conocemos.
Verdad que en estas guerras mundiales intervienen otros factores, pues son también "guerras religiosas", ideológicas, heréticas; pero en la base está ese miserable vicio de la avaricia y de la codicia del dinero.
La Solicitud terrena, pasando por el Sistema Capitalista y el Sistema Bancario, nos ha conducido a este estado absurdo de escasez en medio de la abundancia… la famosa Cuestión Social…
La Cuestión Social es difícil, justamente porque es "social" en pleno; no concierne a los patrones y obreros, o empleadores y empleados, solamente, sino a toda la sociedad, incluso al clero.
¿Quién puede arreglar todo esto? Solamente Cristo y su Iglesia pueden arreglarlo… o el Anticristo, pero por medio de una falsa solución…
La Cuestión Social provocada por el Capitalismo tiene una sola solución: la tradicional, la católica. El demonio ofrece dos subterfugios: la socialista, y la estatista
La revolución socialista considera la propiedad privada un mal en sí mismo y propone convertirla toda o casi toda en "Propiedad Pública", es decir, poner los medios de producción (tierra y capital) en manos de políticos que los administren en bien de todos.
La solución tradicional considera un bien la propiedad privada, y un mal su desmenuzamiento infinitesimal (minifundio) y su acaparamiento en manos de una minoría de millonarios y una minoría de monopolios irresponsables y antisociales.
Esta solución propende a romper la rueda infernal de la proletización por el surgimiento de una nación de propietarios. Hubo un largo tiempo en que eso existió y el mundo nunca fue más feliz. De ese tiempo desciende toda nuestra civilización.
Existe una tercera propuesta, que está en curso de actuarse por sí sola o por la fuerza de las cosas, y que consiste en ir proporcionando al proletario su seguridad a costa de su libertad, sin tocar la propiedad privada latifundaria; o sea, en ir aproximándose en forma latente al Estado Servil o esclavista en que estuvo el mundo durante miles de años antes del advenimiento del Cristianismo y bastante años después de advenido.
La actual sociedad se va paganizando, y por lo tanto retornan a ella los crudos conflictos del paganismo en todos los órdenes.
Los paganos resolvieron la cuestión social por medio de la Esclavitud; y la sociedad moderna camina de nuevo a la esclavitud; a una esclavitud larvada llamada por Belloc el "Estado Servil".
El mundo moderno ha oído hasta de sobra las palabras de Cristo, y no las ha puesto por obra; y de ahí vienen las "villas miserias", o "the slums" o "la zone", o "el bajo" de las ciudades modernas; cosa que no conocieron las ciudades antiguas. De ahí vienen muchos otros desastres y ruinas.
El antiguo orden económico cristiano fue destruido; y la economía, insuflada por la avaricia, se volvió loca; y la política perdió un tornillo, si no todos.
El mundo comenzó a debatirse en conflictos universales y. . . apocalípticos. Bien dicho está que "la ruina fue tremenda".
En efecto, dos sistemas económicos, que son también políticos e incluso religiosos (es decir antirreligiosos) , el Capitalismo y el Comunismo, lucharon con todas las armas durante decenios por imponer al mundo su forma; la cual es deforme; porque el uno se basa en el abuso de la propiedad privada, y el otro en su eliminación.
Entre los dos ha surgido un tercero, el "Neocapitalismo yanqui", que es una combinación tramposa de los otros.
Este Neocapitalismo pretende que con la adquisición de "acciones de fábricas" los obreros se vuelven propietarios y su nivel de vida es el más alto del mundo; superándose así a la vez al Capitalismo y al Comunismo.
La respuesta está a mano: los obreros se convierten en propietarios sin voto efectivo, o sea no-propietarios; pues propietario es el que puede dirigir lo suyo, mandar en lo "propio"; y el alto nivel de vida de EE. UU. se obtiene a costa del bajo nivel de vida de otras naciones; Yanquilandia hoy día traspasa su propia inflación a otras naciones sonsas.
Lo que llaman Neocapitalismo es un fenómeno curioso, una mezcla producida por la presión de los otros dos sistemas, cuyo resultado llamaremos (bárbaramente) Servilización Paternalista del Pobre.
Con ella el obrero industrial va reduciéndose al "estado servil" o del esclavo de los tiempos paganos en una forma refinada y oculta: obtiene la seguridad a costa de la libertad.
Es como si el Patrón dijera: "Tendrás la subsistencia toda tu vida; hospital, dentista y cine; pero trabajarás para mí toda tu vida; para mí y no para otro; en esto y no en lo que se te antoje. Mis Parlamentos te van a hacer una maravilla de Leyes Protectoras del Obrero, y mi señora será miembro de la Sociedad de Damas Capitalistas Protectoras del Hijo del Obrero"…
Esa era justamente la condición del esclavo antiguo, el cual por lo general no era maltratado, al contrario, era cuidado como una cosa de valor, como un buey o un caballo.
Es un Estado en el cual los trabajadores (incluso los intelectuales) son asegurados de su subsistencia a trueque de su libertad, o sea, trabajando forzadamente toda su vida en provecho de los amos.
A este estado de cosas, la "condición servil", se encamina el mundo moderno.
En suma, el resultado de la liquidación del Capitalismo debía conducir, necesariamente, una de estas tres cosas: el Comunismo, la Propiedad o la Esclavitud. Quiere decir, en términos históricos, que el mundo no tenía más caminos que volver al Paganismo, volver al Cristianismo o caer en una Sociedad Nueva, actualmente en ensayo, que para un creyente no puede ser otra que la Sociedad del Anticristo.
El estado legal de esclavitud ha comenzado ya en el mundo sin ser advertido, a no ser por las mentes más penetrantes; claro está que no con el nombre de esclavitud, que repugnaría a nuestros atavismos cristianos, pero sí con los nombres simpáticos de Reformas Sociales o Leyes Obreras.
La situación del obrero actual se encamina a ser peor que la del esclavo antiguo; aquél trabajaba toda la vida en provecho de otro a cambio de la seguridad de la subsistencia y la posibilidad de la manumisión. El obrero moderno, en cambio, carece de hecho de estas dos últimas ventajas. La libertad política que se pretende haberle dado modernamente es enteramente ilusoria: no hay verdadera libertad política, ni tampoco dignidad humana sin manera alguna de propiedad.
Estos principios permiten juzgar con seguridad las pretendidas reformas sociales sacadas a luz como grandes novedades por los hombres prácticos especializados en previsión social.
No es muy difícil: si encaminan hacia la redistribución de la propiedad y la multiplicación de los propietarios, son buenas; si no encaminan a eso, no lo son.
Aumentos de salarios, seguros sociales, cajas de jubilaciones, arbitraje obligatorio, salario mínimo, sanatorios obligatorios, dentistas gratis, bolsas de trabajo, etc., de suyo ni siquiera tocan el problema del proletario; y si lo tocan a expensas de su libertad, entonces son dañinas y no benéficas, pues lo orientan a la peor solución de todas, que es el restablecimiento legal y larvado de la antigua esclavitud.
Hay que decir, pues, a los obreros lo que ellos ya sienten instintivamente, a saber: la jubilación es una estafa, los seguros sociales son una patraña, los aumentos de salarios son una paparrucha.
Los verdaderos progresos sociales se verifican en la línea de la libertad de contrato, libertad de asociación gremial y derecho de huelga, junto con una educación moral que capacite a las masas a gozar de la libertad sin abusar de ella.

Solución Cristiana de la Cuestión Social


Si Cristo puede arreglar la Cuestión Social, ¿por qué no la arregla? Cristo la arregló ya viniendo al mundo, predicando su doctrina y muriendo por ella.
Durante los diez siglos de Cristiandad europea no se morían de hambre, no había desocupación, no había miseria, cada uno estaba contento en su lugar, el campesino no envidiaba al Rey, más bien los Reyes Santos envidiaban a los campesinos.
Si había miseria y hambre, era por causas accidentales, por una peste o por una invasión de los bárbaros que quemaban, destruían y rapiñaban, y al fin eran vencidos; pero no había miseria y hambre como ahora, en virtud de las mismas estructuras sociales: ahora hay una peste continua y un incendio continuo.
Y, ¿no lo arreglará de nuevo Cristo? Puede ser, yo no lo sé. Depende de nosotros, depende en gran parte de la conversión de Europa a Cristo.
Renan ha dicho que "Cristo no dio soluciones de la cuestión social, porque todo su interés fue salvar las almas individuales y no reformar la sociedad ni hacer política alguna; pues su idílica moral individual de campesino galileo no percibía los condicionamientos sociales ni los problemas colectivos…" (Vie de Jésus).
Esta opinión es un error. En la doctrina que enseñó Jesucristo por medio de la Parábola de los pájaros y los lirios está la solución de la decantada "cuestión social". El problema social de la lucha de clases por el dinero desaparecería cuando la sociedad pudiese decir a sus miembros las palabras de Jesucristo: "No andéis ansiosos por vuestra vida, qué habréis de comer; o por vuestro cuerpo qué habréis de vestir: la comunidad tiene cuidado de eso. Servid a la Patria libremente como caballeros y la Patria cuidará de vosotros como madre…
Parece que hay aquí un circulo vicioso; pues ni la sociedad ni el individuo pueden dar con seguridad el primer paso. Si el individuo tiene que esperar para despreocuparse que la sociedad sea perfecta…; y la Sociedad no puede serlo si antes no lo son sus miembros…, parece que estamos en plena utopía idílica.
Pero Jesucristo rompió ese círculo, invitó a las más fervientes, espirituales y corajudos a dar el salto, a renunciar a todo osadamente, por puro amor de Dios, para imitarlo a El, sin seguridad previa sino la de la Providencia, a sus riesgos y peligros, "a embarcarse en canoas escoradas", como dice Kierkegaard.
Jesucristo lanzó a la brecha una pequeña falange de héroes; los cuales con su vida de pobres voluntarios: 1) prueban que la cosa es posible, vivir "como las aves del cielo y las flores del campo"; 2) incitan con su ejemplo a los demás al despego y la confianza; 3) viviendo con lo mínimo, regalan el resto a los demás; dejan mayor margen de bienes temporales a la humanidad en general, pues, paradojalmente, nadie da más que el que poco tiene, y el que todo lo deja mucho regala.
A estos dos puntos (el mandato de huir la solicitud, madre del temor, la avaricia y la explotación del trabajo ajeno, y el consejo de la pobreza voluntaria), se añade el "Vœ vobis divitibus", es decir, los tremendos anatemas de Cristo a las riquezas y a las ricos.
Haciendo sospechosas y peligrosas a las riquezas superfluas, Cristo opone a su tremenda atracción natural el contrapeso religioso; facilitando de ese modo su distribución justa, en la medida posible a la dañada naturaleza humana.
Estas tres formidables palancas crearon lentamente en la Cristiandad lo que hoy llaman "Justicia Social", primero en la práctica que en la teoría; y suscitaron fuertes estamentos o instituciones que iban poco a poco acercándose al ideal de la Sociedad que cuida de sus miembros.
Si hoy en día, en que el Estado se va convirtiendo en uno de los primeros explotadores, esto parece puro lirismo, la culpa no la tiene Jesucristo; y las catástrofes que hemos visto, y las que nos amenazan, han dejado intactas y valederas todas sus palabras
La solución tradicional es dificilísima de actuar en el mundo moderno descarriado, por la sencilla razón de que las otras dos están en la línea de menor resistencia y son más fáciles, por lo mismo que son falsas: para enderezar a uno que está en la cuneta, hay que cinchar, para hundirlo del todo basta empujar un poco.
Tal solución es imposible sin una previa o simultánea resurrección de la Fe, con un restablecimiento de la Iglesia; dado que la pérdida de la Fe ha sido lo que posibilitó en Europa el advenimiento del Capitalismo y después su orientación al inminente Estado Servil.
Para el teólogo todas estas cuestiones sociológicas tan complicadas son muy sencillas, él las arregla con un texto: "Nadie puede servir a dos señores. Así pues no podéis servir a Dios y a las Riquezas."
La alternativa que puso Cristo al servicio de Dios fue la esclavitud a las Riquezas. No dijo la lujuria, la ambición, la pereza…; el otro Amo, fatal y necesario, es Plutón…

El Reino de Cristo

 Así, pues, la Cristiandad dejó de servir a Dios y cayó bajo el yugo de la avaricia, de la usura, del dividendo, del Mal Rico del Evangelio.
Algunas naciones hoy día han liquidado simplemente a Dios y han aceptado tranquilamente como amo al Dinero, es decir, la sangre del pobre, la sangre del Pobre de los Pobres, vendida por 30 siclos de plata; y lo terrible es que hasta ahora les ha ido muy bien el negocio…
Otras naciones, en cambio, están todavía fluctuantes entre los dos señores, lo cual no vayan a creer que es mucho mejor que lo otro. Porque tenía razón en cierto modo Monseñor Claudio, cuando repetía antes de morir, hablando de los católicos liberales: "El que le enciende una vela al diablo, le enciende una vela al diablo; pero el que le enciende una vela a Dios y otra al diablo, le enciende tres velas al diablo."
Es curioso que cuando los Estados se volvieron virtualmente ateos y dijeron "La religión es asunto privado", la irreligión se convirtió en asunto público; y cuando los Reyes dijeron a los súbditos que no tenían por qué pensar en la salvación de las almas, ellos tuvieron que empezar a pensar en la salvación de sus cabezas coronadas…
La pálida sonrisa con que Cristo subió a los cielos (patente en aquellas palabras "¿Incluso vosotros no creéis todavía?") se ha ido desvaneciendo al correr de los siglos, al ver que el mundo fracasa cada vez más a medida que sigue sus enseñanzas cada vez menos. Y si nos dejó con una sonrisa triste, no volverá sino con un trueno.
El Capitalismo teórico (de Adam Smith o Bentham) pretendió convertir el mundo en un Edén por medio de la abundancia obtenida por la superproducción. Y no se puede negar que él es el mejor medio para obtener la mayor producción, que no es lo mismo que la mayor felicidad humana colectiva.
El Capitalismo fracasó, pues dos Guerras Mundiales, una guerra internacional latente (guerra fría), y otra caliente que se prepara y aterroriza al mundo, y la guerra civil permanente de "la lucha de clases", le han dado un desmentido como un bofetón.
En los años 1950-1988 el suceso dominante de la vida política del mundo era una la pulseada diplomática entre Rusia y Estados Unidos, con la amenaza de una enorme guerra; el desafío bélico entre Capitalismo y Comunismo, esos dos grandes movimientos mundiales. Pues bien, era el Liberalismo en pugna con su hijo el Comunismo…
El Modernismo los coaliga, los fusiona al fundente religioso…Era previsible, e incluso probable, al menos para el filósofo bien pensante, que el Comunismo no se convertiría, sino que se fusionaría con el Liberalismo y el Modernismo, para formar la trenza del Anticristo.
Walter Rathenau ocupó el Ministerio de Relaciones Exteriores de Alemania en 1922 y poco después fue asesinado por dos oficiales de la Marina, quienes lo tenían por la más conspicua expresión germana del entendimiento entre el Gran Dinero y el Comunismo. En 1909 Rathenau había escrito: "Trescientos hombres, que se conocen todos entre sí, dirigen los destinos económicos del Continente y se buscan sucesores entre quienes los rodean." Y cuando tenían lugar las conversaciones de paz en Versalles, al fin de la Primera Guerra Mundial, expresó sin rodeos cuál es la naturaleza del "Orden" que pretende instaurar el Gran Dinero: "Se acabaron las naciones, las fronteras, los ejércitos… Se acabaron la herencia, la riqueza, las diferencias de clase… Se acabaron la Patria, el Poder y la Cultura… Las naciones deben transformarse en sociedades anónimas, cuyo objeto esencial será «satisfacer abundantemente las necesidades del Individuo»; sociedades en que la propiedad será totalmente despersonalizada y en que las colectividades humanas obedecerán a una autoridad superior más poderosa que todos los poderes ejecutivos, puesto que dispondrá de la administración económica del mundo".
Este designio no se puede lograr sin la ayuda de una Religión universal espuria. El Apocalipsis (18, 9-24) muestra que una Gran Ciudad, fastuosa y prostituida, dominará el mundo en virtud del poder del Dinero y de una Religión falsificada, digamos sin temor, de un Cristianismo adulterado.
La Gran Babilonia apocalíptica posee los rasgos propios del Capitalismo: el principado de los Mercaderes, que son los que realmente gobiernan hoy día a hurtadillas y con engaños; las hechicerías del lujo, el placer y la comodidad que encandilan a las masas; y al final, que es cuando Dios hiere, el homicidio, la guerra y la persecución, como medio de sostenerse…
La Gran Babilonia irá a su perdición cuando su iniquidad haya subido hasta el trono de Dios; es decir, cuando haya falsificado la Religión en su servicio.
El Dinero es hoy el Dueño del Mundo… Pero cuando el Dinero manda en una sociedad, es signo de que el Diablo se adueñó del Dinero… "Todo esto es mío, y te lo daré, si postrado me adorares."
La revelación de San Juan en su Apocalipsis nos ofrece la consumación del misterio de la Babilonia política. Después que Satanás es arrojado sobre la tierra e inicia allí la gran tribulación, sabiendo que le queda muy poco tiempo, San Juan ve surgir del mar una Bestia que tiene diez cuernos y siete cabezas, parecida a un leopardo, con pies de oso y boca de león: el Anticristo.
Según nos revela San Juan, el misterio del Anticristo es el espíritu de apostasía de los que antes estaban en la fe y niegan la Venida de Cristo en carne, ya en el pasado, ya en el futuro.
Este espíritu de apostasía, poseído por muchos, culminará en la persona del Anticristo. En él se concentrará y consumará el misterio de Babilonia, tanto en su aspecto religioso, como en su aspecto político, pues su reino apóstata será sostenido por un imperio político que abarcará al mundo entero.
Este misterio de una Babilonia alegórica parece ser la culminación del misterio de la iniquidad revelado por San Pablo en II Tess. 2:7, refiriéndose tal vez a alguna potestad instalada allí como capital de la mundanidad y quizá con apariencias de piedad como el Falso Profeta.
En el Apocalipsis hay señalada con toda claridad una gran potencia política y una gran potencia financiera en la persona de la Gran Ramera, que significa la religión adultera­da.
La potencia política está significada por la Bestia bermeja, con sus siete cabezas y diez cuernos, que representan un gran imperio pagano y satáni­co: es la Bestia que surgió del mar.
La potencia financiera está representada no sólo en el oro y las gemas que cubren a la Ramera, sino sobre todo en el llanto que hacen cuando ella es destruida todos los negociantes de la tierra. Es, pues, una ciudad financiera capitalista: el imperio y centro del capitalismo mundial.
La Gran Ramera representa tres cosas concretas que serán, y ya comienzan a ser, una misma, y se implican mutuamente: 1ª) la última herejía, 2ª) la urbe donde esa herejía tendrá su cabeza, 3ª) el imperio que esa urbe gobernará, el fenicianismo.
La fornicación significa la religión idolátrica del Estado, que se convertirá después en la religión sacrílega del Anticristo. Las palabras fornicación, adúltera, prostituta, ramera y semejantes, se hallan alrededor de 100 veces en los antiguos Profetas con el significado de idolatría, y aplicadas solamente a Jerusalén, jamás a Nínive, Babel o Menfis. Israel es la Esposa o la Prometida de Dios…
¿Qué ciudad es ésta, finalmente? No lo sabemos: no calzan sus notas a las actuales urbes. Las notas que San Juan dibuja son: 1ª) una ciudad capitalista con un poder mundial; 2ª) un puerto de mar; 3ª) cabeza o centro de una religión falsificada, idolátrica o política.
La Mujer oprime a la Bestia y no la propicia; pero los diez cuernos (o reyezuelos) la destruyen en un día y ponen toda su potestad al servicio de la Bestia.
Aborrecerán ellos mismos a la Ramera que había sido el objeto de su pasión y cuya caída deplorarán luego. Vemos así cuán admirablemente se vale Dios de sus propios enemigos para realizar sus planes y sacar de tantos males un inmenso bien como será la caída de la Gran Babilonia.
De este modo, esta potencia anticristiana en el orden espiritual perecerá a manos de la otra fuerza anti­cristiana del orden político, la cual a su vez, con todos los reyes coligados con ella será destruida finalmente por Cristo:
"Después de esto vi bajar del cielo a otro Ángel, que tenía gran poder, y la tierra quedó iluminada con su gloria. Clamó con gran voz diciendo: «¡Cayó, cayó la Gran Babilonia! Se ha convertido en morada de demonios, en refugio de toda clase de espíritus inmundos, en guarida de toda clase de aves inmundas y aborrecibles. Porque del vino de su furiosa fornicación han bebido todas las naciones; y los reyes de la tierra han fornicado con ella, y los mercaderes de la tierra se han enriquecido con su lujo desenfrenado.» " (18:1-3)
El Reino es aún futuro; y el "día del Señor", es decir, el Reino de Cristo, no vendrá sin que antes en la tierra se descubra la apostasía y se manifieste el hijo de perdición que, llegando a sentarse en el Lugar Santo, proclamará de sí mismo que es Dios, haciéndose adorar por todos los habitantes de la tierra cuyos nombres no están escritos en el Libro de la Vida.
Y entonces, sólo entonces, vendrá Jesús como Rey de reyes y Señor de señores, y matará al inicuo con el aliento de su boca.
Esta repentina aparición de Cristo en esa noche de espantosa apostasía y desolación, será como la piedra vista por Daniel, que de pronto se desprende del cielo hiriendo los pies de la estatua, es decir, los diez reyes del Apocalipsis.
La destrucción del Anticristo marcará el triunfo de la Iglesia y el comienzo de la manifestación de los hijos de Dios en el Reino de Jesucristo.

viernes, 14 de junio de 2019

SOBRE LA LEYENDA NEGRA DE PABLO VICTORIA



La sangre española se derramó en el suelo americano durante las guerras de secesión como se llegó a derramar trescientos años antes en las piedras de las pirámides aztecas, ofrendada al dios Huitzilopochtli en Tenochtitlán. En el levante del Atlántico resonaban como latigazos  las palabras de Bolívar: ‹‹Tránsfugos y errantes, como los enemigos del Dios-Salvador, se ven arrojados de todas partes y perseguidos por todos los hombres››… porque, en realidad, era como si todos los hombres los persiguieran. ‹‹Sáquenlos de todas partes››, decían los británicos en Europa, porque en el mundo nadie podía osar tener más que ellos. Ya habían sido arrojados de los Países Bajos (1648), del Franco Condado (1679), del Milanesado (1714), del Reino de Nápoles (1713), y del Reino de Cerdeña (1720). Era algo así, porque la Leyenda Negra fue la persecución ejercida sobre las ideas de una España aferrada a un tronco que se deslizaba sobre el aluvión del desenfreno político; porque la invasión napoleónica no había sido otra cosa que la misma persecución trasladada a sus hombres; porque, expulsando a aquella o venciendo a éstos, se terminaría derrotando el peligro que para la Revolución significaba la existencia de los españoles y de sus ideas.

En la negra pizarra del firmamento Inglaterra y Holanda habían escrito con luminarias astrales la pérfida mentira de una España despiadada, esclavista y genocida de nativos. Habíansela ayudado a escribir franceses, italianos y portugueses que tejieron fantasías, mitos y leyendas en torno a señeros personajes como el Duque de Alba, Torquemada y Felipe II; negra leyenda en torno a destacados episodios como la Conquista, la Inquisición, el saco de Roma y el exclusivismo comercial con el Nuevo Mundo. Allí quedaron impresos en gigantescos y mentirosos caracteres la esclavitud de los pueblos americanos, la indolencia de siglos, el oscurantismo cultural, la intolerancia religiosa, la tiranía para que el mundo entero la viera, la leyera, la asimilara, la divulgara. Pero había llegado la Revolución Francesa y ¡por fin aquellos pueblos, poniendo la estrella sectaria de cinco puntas en la bandera y el gorro frigio en sus cabezas, se estaban librando de la déspota! ¡Por fin se habían levantado los esclavos, los indios y los blancos, cuyos lomos permanecieron tres siglos doblados bajo el peso de la supuesta opresión! ¡Ahora eran libres!, y había que poner la imprenta al servicio de su causa, al servicio de la de fray Bartolomé de las Casas, diseminar por el mundo las ansias de libertad de aquellas esclavizadas gentes, correr en su auxilio por todos los medios que fuesen posibles, enviar asesores, voluntarios, agitadores, pasquines, propaganda difamatoria, porque la lucha iba a ser titánica contra el gigante que había blandido espadas contra Napoleón y ahora se aprestaba a rehacer su imperio perdido; cabeceaba el indomable astado, que doblado en el ruedo de la Historia, embestía a la cuadrilla y esquivaba el descabelle. 

Sí, había que «auxiliar» a aquellos oprimidos pueblos, porque España, después de todo, no estaba del todo vencida y se levantaba de nuevo a reclamar lo suyo, a imponer la justicia, a enderezar lo torcido. Y fue cuando el toro en pie les volvió a meter miedo y cuando todos salieron en gavilla a hacerle frente. Esta es la génesis de la invasión napoleónica a la Península, porque, en el fondo de todo, lo que Napoleón quería era demostrar al mundo que él solo había podido dominar y someter dentro de los cauces de la ilustración y la civilización la bestia indomable que había pretendido contagiar un continente de su causa  mística y fanática, supersticiosa, católica y oscurantista.

No podían los ilustrados perdonar a la hispanidad la enorme cantidad de heroicas gestas, de caudillos más grandes que su sombra, de la epopeya conquistadora de inmensos y desconocidos territorios donde los hombres, sin saber  hacia dónde iban, no dejaron de seguir llegando; no cejaron de domeñar breñas, fundar pueblos, civilizar razas, morigerar costumbres, cristianizar almas y escribir en códices ocultos para el extranjero los secretos de la grandeza, las sílabas impronunciables de la gloria y el índice que guiaba hacia el perdido alfabeto de la buenaventura; tres siglos de gloria habían sido demasiados como para no fatigarla y exaltar los ánimos de quienes, con envidia, odio y celos, contemplaban la épica aventura. 

Envidia, porque fueron los españoles los primeros europeos en establecer colegios y universidades en América cuando todavía los angloamericanos talaban árboles y cazaban zorros en las blancas y gélidas estepas de Nueva Inglaterra, Virginia o las Carolinas, para cubrir sus carnes mordidas por el frío. Jamás podrán contar que no fueron ellos, sino los españoles,  quienes fundaron en América veintitrés centros de enseñanza superior, réplicas de la Universidad de Salamanca; que graduaron 150.000 estudiantes, entre blancos, mestizos y negros, cuando ni siquiera los portugueses fundaron universidad alguna en Brasil; cuando los holandeses, después de tres siglos de presencia en las Indias Orientales, no llegaron a fundar ninguna institución de instrucción superior en aquellas tierras.

Odio, porque fue España la primera en permitir la oposición de las ideas, estimuladas por la Corona, que acompañaron al descubrimiento y que constituyen gloria de su civilización; celos, porque la justicia cristiana siempre presidió y enalteció la política del Imperio y porque prevaleció por siglos la tesis de Juan Ginés de Sepúlveda de que el rey hispano tenía derecho de gobernar en América sobre la opuesta de fray Bartolomé de las Casas, personaje que hasta el final insistió en que la conquista fue una cruel injusticia contra los pacíficos e inocentes indios. De su prolífica y desviada pluma salió el infundio de que la codicia española había sido la causante del holocausto de veinte millones de indígenas asesinados a manos de endurecidos conquistadores, estampa de depravación que sirvió para alentar la disputa sobre el Nuevo Mundo que mantuvieron Holanda e Inglaterra contra una España que volcó sobre sus costas la cultura, admiró al mundo con sus tremendos descubrimientos y acrecentó con fabulosas riquezas su poderío económico y militar. Aquella Brevísima Relación de fray Bartolomé se publicó primero en francés en 1579 en una imprenta de Amberes; luego fue continuada con otra publicación en holandés y otras dos en francés en 1579 y 1582, seguido de lo cual vino una publicación en inglés en 1583.  Este memorial, lleno de infundios y exageraciones, fue blandido por las potencias enemigas para acreditar ante el orbe la incapacidad moral que detentaba la Monarquía Católica para retener sus derechos sobre la tierra conquistada.

Por eso, el acto de extender  la religión Católica por parte de España en el continente americano se reputó fruto del fanatismo y de la intolerancia; en cambio, el acto de descabellar indios por cuenta de Inglaterra, se disculpó como un acto comprensible de una potencia que defendía a sus súbditos de la ferocidad indígena. Lo primero era decadente y oscurantista; lo segundo, heroico y civilizado. La lucha de la mano civilizadora de España contra los indios salvajes se denominó ‹‹el exterminio español» en tanto el exterminio indígena en la América de Norte, en el caso inglés, tornó en llamarse «la salvaguarda del trabajo colonial».  De esto resulta la manifiesta indiferencia que el mundo ha mostrado por la falta de protección brindada por el conquistador inglés a los nativos de Norteamérica, en tanto se toma con abierto escepticismo, o descarado cinismo, los enormes esfuerzos de la corona de Castilla por la protección y buen trato a los indígenas del Nuevo Mundo.  Es verdad palmaria que jamás España tuvo reyes más crueles que Enrique VIII, Isabel I, o Jacobo I de Inglaterra. El terror ejercido por estos monarcas contra su pueblo, o contra los celtas de Escocia, o contra los irlandeses, a quienes masacraron en las montañas y en los pantanos de su tierra, se volvió a reflejar en su política de exterminio de los indios norteamericanos emprendida  por un pueblo que había asimilado perfectamente  el ejemplo de sus monarcas.

            La Historia no pudo haber sido más cruel con España. 


Pablo Victoria.

miércoles, 1 de mayo de 2019

LA TOLERANCIA DE LOS PROTESTANTES VS LA INTOLERANCIA CATÓLICA.


La siguiente reflexión ha sido extraída del libro “Conversaciones sobre el protestantismo actual” de un excelente católico y prelado Monseñor Segur y que data del siglo XIX. En ésta se presenta unos hechos históricos que todo católico tiene el deber de conocer, y más aún en la época actual, donde es notorio que se está descalificando, condenando o sacrificando la verdad en pro a un falso ecumenismo: 






LA TOLERANCIA DE LOS PROTESTANTES.



Entre las preocupaciones vulgarizadas en el mundo, hay una bastante común, no solamente entre los protestantes, sino también entre algunos que son católicos á medias. "Si la reforma ha causado males, suelen decir algunos: si ella ha hecho correr mucha sangre, si ha desmoralizado países enteros; á lo menos ella ha importado en el mundo un bien inapreciable, que es la tolerancia religiosa" Nada más falso, nada menos fundado que esta preocupación histórica. Donde quiera que domina el protestantismo, él es intolerante y perseguidor.



Sin duda no lo es en todas partes en el mismo grado; pero ¿por qué es eso? Porque no en todas partes tiene el mismo poder. Por fortuna el protestantismo no puede siempre lo que quiere. Para perseguir no basta querer, es necesario poder; pero hágasele siempre esta justicia de decir que en cuanto á intolerancia, él hace lo que puede. Donde quiera que se ha introducido la llamada Reforma, lo ha hecho violentamente; y sus primeros frutos en Alemania, en Ginebra, en Inglaterra y en Suecia, han sido invariablemente la guerra civil, las proscripciones y las muertes. Eso se comprende, por ser cosa muy sencilla. El protestantismo es una revolución; y toda revolución es tiránica y revolucionaria por naturaleza.



Una vez establecido el protestantismo, él se ha conservado á merced de las mismas violencias. Todos saben lo que es el protestantismo inglés respecto á los católicos, las leyes sangrientas que contra estos dio y ejecutó, y el despotismo feroz con que aun oprime todavía á la fiel y desventurada Irlanda. Un historiador inglés protestante, Guillermo Cobbet, se vio obligado por su conciencia, á dar contra la Iglesia herética nacional, este terrible testimonio: "Esa Iglesia, dice el historiador citado, la más intolerante que ha existido, se dejó ver en el mundo aunada de cuchillos, hachas é instrumentos de suplicio. Sus primeros pasos quedaron marcados con la sangre de sus innumerables víctimas, mientras que sus brazos no podían ya con el peso de los bienes que había arrebatado." Este autor cita las actas oficiales del Parlamento, para comprobar que en consecuencia de las hogueras encendidas y de los cadalsos levantados contra los católicos, la población de Inglaterra fué diezmada en menos de seis años. PENA DE MUERTE era pronunciar da, y desapiadadamente ejecutada, contra todo sacerdote católico que entraba en el reino, ó á quien se convencía de haber celebrado misa. PENA DE MUERTE contra cualquiera que se atrevía á dar asilo á un sacerdote. PENA DE MUERTE contra cualquiera que rehusaba reconocer que la reina Isabel era la cabeza de la Iglesia de Jesucristo. Una fuerte multa estaba decretada contra todo ciudadano que no asistía á los oficios protestantes. "La lista de personas condenadas á muerte y ejecutadas por el único crimen de ser católicas, (son palabras textuales del historiador protestante), formaría una lista diez veces más larga que la de nuestro ejército y la de nuestra marina reunidas. La Iglesia protestante de Inglaterra, llamada anglicana, no ha cambiado de carácter desde el día de su establecimiento hasta nuestros días. En Irlanda sus atrocidades han superado á las de Mahoma; y sería necesario escribir un tomo, para referir sus actos de intolerancia," (1)



De la misma manera intentó el Calvinismo introducirse en Francia, Durante más de un siglo la historia de aquella nación no habla sino de rebeliones, sediciones y saqueos cometidos por los hugonotes, donde quiera que penetraba su doctrina. Todo aquel período no es más que un tejido de desórdenes, perfidias y crueldades; pero no hay que extrañarlo una vez que Calvino predicaba en alta voz, que era preciso derribar á los reyes y á los príncipes que no querían abrazar el protestantismo, escupiéndoles á la cara más bien que obedecerlos Bajo las órdenes de Coligny, los calvinistas revolucionarios formaron el proyecto de arrebatar de su palacio al rey de Francia, que á la sazón era un niño; mas como dieran el golpe en falso, se apoderaron de Orleans y devastaron las márgenes del Loira, la Normandia, la Isla de Francia y particularmente el Languedoc, donde cometieron las crueldades y profanaciones más odiosas. En Montauban, en Castres, en Beziers, en Nimes y en Montpelier, esos grandes predicadores de la tolerancia y de la libertad de conciencia, prohibieron bajo las penas más rigurosas, todo ejercicio del culto católico. Todo el mundo conoce á aquel famoso barón des Adrets, jefe calvinista, que habiendo tomado á Montbrison, se dio á sí mismo el inocente placer de hacer saltar desde lo alto de una torre, lo que quedaba de la guarnición hecha prisionera, Pues, poco más ó menos, tal fue el tratamiento que los protestantes hicieron sufrir á todas las ciudades que cayeron en su poder. Profanación de Iglesias, robo de vasos sagrados, muerte ó lanzamiento de sacerdotes y religiosos, atrocidades las más bárbaras, unidas á los más abominables sacrilegios, he aquí la conducta de los tolerantes herejes. Estos son hechos históricos que nadie niega, ni aun los protestantes; los cuales sin embargo dejan escapar algunas veces expresiones imprudentes, manifestando deseo de que vuelvan aquellos tiempos dichosos del protestantismo francés. No se podrían leer sin horror las atrocidades cometidas por los holandeses, para entender el protestantismo en los Países Bajos; y particularmente los tormentos y suplicios á que recubrió el celo religioso de los enviados del príncipe de Orange, llamados Lamark y Sonoi. Este último era maestro consumado en el arte de atormentar los cuerpos, para perder las almas. He aquí la descripción que nos ha dejado una pluma protestante y holandesa, de los medios empleados por aquel tigre, para martirizar á los católicos, fieles á su religión. "Los procedimientos ordinarios de la tortura más cruel, escribe Kerroux, no fueron sino los tormentos menores que se hicieron sufrir á aquellos inocentes. Sus miembros dislocados, sus cuerpos hechos pedazos á azotes, eran de seguida envueltos en sábanas empapadas en aguardiente, á las cuales se daba fuego: y en ese estado se dejaban hasta que ennegrecida y crispada la carne, quedasen desnudos los nervios en todas las partes del cuerpo. Frecuentemente se empleaba hasta media libra de azufre, para quemar los sobacos y las plantas de los pies. Así martirizados se les dejaba muchas noches seguidas, tendidos en el suelo sin cubierta; y á fuerza de golpes, se alejaba de ellos el sueño. Por todo alimento se les daban arenques y otros alimentos de esa especie, propios para encender en sus entrañas una sed voraz, sin suministrarles ni un solo vaso de agua, por más que sufriesen en este suplicio. Se les aplicaban abejones sobre los ombligos. No era raro que se enviase al servicio de aquel espantoso tribunal cierto número de ratones, que se ponían sobre el pecho y el vientre de aquellos desgraciados, bajo un instrumento de piedra ó de madera labrado para este uso y cubierto de combustibles. A estos se les daba fuego de seguida, forzando de este modo á los animalejos, para que devorasen las carnes de la víctima, abriéndose paso hasta su corazón y sus entrañas. Después se cauterizaba aquellas llagas con carbones encendidos, ó bien se derramaba grasa derretida sobre los miembros ensangrentados. Otros horrores, aun mas chocantes, fueron inventados y puestos en ejecución con una sangre fría, de la cual apenas se podría hallar ejemplos entre los caníbales, pero la decencia nos impide continuar." (2)



Lo que la tolerancia protestante hizo en Inglaterra, y lo que ha querido hacer en Francia y en Holanda, lo hace todavía en Suecia. Allá también se estableció la Reforma con violencia y sangre; y las leyes religiosas conservan aun en aquel país toda la barbarie que puede sufrir nuestro siglo. En este mismo año en que escribo, acaban de ser condenadas seis familias al destierro y al despojo de todos sus bienes, únicamente por haber abrazado la fé católica. En Noruega, en Dinamarca, en Prusia, en Ginebra y donde quiera que domina el protestantismo, él se muestra enemigo encarnizado y ciego destructor de los católicos. Como allá está á sus anchas, no se cuida de ocultar lo que es, con precauciones hipócritas; las cuales son las que le dan en Francia una apariencia de moderación. Allá dice él altamente lo que quiere y lo que espera. En el Sínodo protestante de Bremen, el señor Sander, pastor herético de Elbelfed, exclamaba hablando del Papa y de los religiosos de la Compañía de Jesús: "Las autoridades protestantes no deben tolerar que existan. Menos aún deben soportar que sean libres." En Ginebra los protestantes, envidiosos de los progresos del Catolicismo, han formado de común acuerdo una asociación, en la cual contraen el compromiso de no comprar nada á los católicos, y de no emplearlos en ningún trabajo para reducirlos así á la miseria; y además de obrar de suerte que solos los protestantes obtengan los cargos y empleos. ¡¡Todo esto se hace por hombres que reclaman con indignación la libertad de cultos en los países en que forman una imperceptible minoría: por hombres á quienes no se caen de la boca las palabras de libertad de conciencia, de caridad cristiana, de religión, de paz y de amor: por hombres, en fin, que ya no creen en Jesucristo; y entre los cuales hay libertad para ser incrédulo, panteísta ó ateo, pero no para ser católico!!!



LA INTOLERANCIA CATÓLICA.



Ya hemos visto lo que es la pretendida tolerancia de los protestantes. Véamos ahora qué vale esa acusación trivial de intolerancia, que ciertas personas dirigen contra la Iglesia católica. Esta acusación entraña una verdad y una mentira. La Iglesia es intolerante en materia de doctrina, Esto es cierto; y no solamente lo confesamos, sino que nos gloriamos de ello. La verdad es intolerante por naturaleza. En religión, como en matemáticas, lo que es verdad, es verdad; lo que es falso, es falso. Es imposible que haya concesiones mutuas entre la verdad y el error. En esto no cabe compromiso ni transacción. Por poco que se cedióse de la verdad, esta sería inmediatamente destruida. Dos y dos son cuatro: esto es lo que se llama una verdad. El que diga otra cosa miente, sea por exceso ó por defecto. El error siempre es error, aunque uno no se engañase sino en una milésima ó millonésima parte. Siempre se estará fuera de la verdad, cuando teniendo dos y dos, se diga que no son cuatro. La Iglesia es depositaría y maestra en el mundo, de verdades tan ciertas como las verdades matemáticas; con la única diferencia de que las consecuencias de las verdades católicas, son infinitamente más importantes que las de las verdades matemáticas. La Iglesia propone y defiende sus verdades con tanta intolerancia, como la ciencia de las matemáticas enseña las suyas. ¿Qué cosa más legítima? La Iglesia católica es la única entre las diferentes sectas llamadas cristianas, que proclama estar en posesión de la verdad absoluta, como lo está en efecto, añadiendo que fuera de ella no hay verdadero cristianismo; y así ella sola puede ser, ella sola debe ser intolerante en materia de doctrina. Únicamente ella puede y debe decir como ha dicho hace 18 siglos en sus Concilios: “ si alguno piensa ó ensena, en contradicción de mi doctrina, que es la verdad, sea anatema." Pero Nuestro Señor Jesucristo que ha confiado á la Iglesia el depósito de la verdad, le ha dejado también su espíritu de caridad y paciencia. Intolerante en materia de doctrina, ella no transige con el error, pero es misericordiosa para con las personas que le cometen; y nunca ha empleado los medios legítimos de rigor, sino después de haber intentado todos los recursos de la dulzura y de la persuasión. Ella no ha herido jamás, sino en la última extremidad; y nunca ha castigado, sino á los incorregibles. Entonces ha debido hacerlo para preservar del contagio á las almas fieles, para poner fin á los escándalos y para llenar el gran deber de la justicia, el cual no es menos divino que el de la misericordia. En su paciencia como en su rigor, en su tolerancia hacia las personas como en su intolerancia hacia los errores, la Iglesia imita fielmente á su esposo y á su Dios, á Nuestro Señor Jesucristo, que es la verdad misma, que es la misericordia, pero también es la justicia. Las mentiras de los historiadores anti-católicos sobre las pretendidas barbaries de la Iglesia en la edad media, cada día caen en mayor descrédito, gracias á los trabajos concienzudos de una nueva generación de historiadores, mas imparciales que sus predecesores. "Para poder vivir, el protestantismo tuvo que forjar una historia á su modo," decía el célebre historiador Thierrv, poco sospechoso, como es sabido, de favorecer á la Iglesia. Aun los mismos protestantes, deponiendo el espíritu de partido, vienen algunas veces á declarar contra aquellas viejas calumnias, contra aquellas culpables exageraciones y contra abuelas insinuaciones pérfidas, de que están llenos los libros de historia. "Hace tres siglos, ha dicho el conde de Maistre, que la historia ha sido una conspiración permanente contra la verdad.




(1) Carta de Sir William Cobbet á Lord Tenderden, jefe de la justicia inglesa, que había alabado la tolerancia del protestantismo inglés en pleno Parlamento.


(2) Compendio de la historia de Holanda por Mr. Kerroux, tomo II. pág. 313.



SEGUR, L.G. (1869). Conversaciones sobre el protestantismos actual. Pág. 177-187. Palma, México: Imprenta de J. M. Lai